La vida de Marta transcurría con la aparente normalidad de una madre orgullosa. Su hijo, Adrián, de veinticuatro años, trabajaba y mantenía una rutina que ella creía conocer a la perfección. Para Marta, Adrián seguía siendo el joven alegre y confiable de siempre. Sin embargo, una tarde, mientras buscaba unos documentos en la habitación de su hijo, se topó con un objeto inesperado: un teléfono que nunca antes había visto.
La curiosidad la llevó a examinarlo. Lo que encontró en su interior —mensajes, fotografías y conversaciones con nombres desconocidos— reveló una faceta de Adrián que Marta jamás habría imaginado. Un nombre, en particular,











